
Las calles de
San Rafael son así. En ese pueblo de Mendoza que no excede por mucho los 100
mil habitantes pueden juntarse todos en un puñado de cuadras, mientras otras se
muestran desiertas y silenciosas ante el calor del sol o la luz de la luna. Así
es, incluso, en verano, en plenas vacaciones y con el movimiento turístico en
su máxima expresión. Es en esos momentos donde el pueblo se viste de gala y se
abre de par en par a cada visitante que llega de cerca o de lejos, solo o,
generalmente, en familia. Y entre las sorpresas y los regalos que presenta la
tierra sanrafaelina, se encuentra la conocida feria, pequeña pero punto
obligado para alguna o algunas noches que se pasen allí. Puestito tras
puestito, se pueden ir encontrando mil maravillas, desde objetos que resultan
útiles hasta otros que simplemente están para generar una notoria y sonora
exclamación. Como la que provoca ese señor, de asistencia perfecta en la feria,
noche tras noche presente para deleitar al público que se empieza a reunir a su
alrededor. ¿Pero qué genera esto? ¿Acaso se trata de un hombre buen mozo,
amable, delicado, un “Don Juan”? ¿Físico de atleta, alto grado de carisma? Nada
de eso. De hecho se trata de un hombre muy subido de peso, de pocas palabras,
tímido, serio, aunque no por eso menos simpático cuando se lo propone y,
principalmente, educado. Sin embargo, su nerviosismo suele pasarle factura y le
hace malas jugadas, no pudiendo sacar todo lo bueno que guarda dentro.